La Luz que Vive en el Interior

La cueva vibraba como si tuviera un corazón propio.
El Cristal Central flotaba en el aire, agrietado, lanzando destellos irregulares de energía que iluminaban las paredes con tonos rojos y azules. Cada chispa que escapaba parecía llevarse un poco de la vida de la ciudad.

El gigante de roca permanecía en silencio frente a la entrada, observando.
Leo tragó saliva.
—Nunca había visto algo tan poderoso… ni tan inestable.
Tiko proyectó datos en el aire.
—Nivel de fractura: 63%. Si supera el 80%, el colapso energético será irreversible.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Mila.

—Aproximadamente… doce minutos lunares.
—¿Eso cuánto es? —dijo Leo.
—Muy poco —respondió Mila.
Se acercaron al cristal. De cerca, podían ver que no era solo una roca brillante. Dentro había algo que se movía, como una pequeña galaxia girando lentamente.
—Es hermoso —susurró Leo.
—Y está muriendo —añadió Mila con seriedad.

El gigante dio un paso adelante. Su pecho también brillaba con una luz cada vez más débil.
Tiko inclinó la cabeza.
—Confirmado: la energía del gigante y la del cristal son la misma fuente dividida.
Leo entendió de repente.
—Entonces… el cristal no es solo una batería. Es parte de él.

Mila asintió.
—Y cuando alguien intentó separarlos o usar más energía de la que podían, se fracturó.
El suelo volvió a temblar.
Desde el techo de la cueva comenzaron a caer pequeñas piedras.
—Tiempo restante: diez minutos lunares.

Mila comenzó a revisar su cinturón de herramientas.
—Necesitamos estabilizar la grieta… pero no podemos cerrarla desde afuera.
Leo la miró confundido.
—¿Qué quieres decir?
Ella levantó la vista hacia el interior luminoso del cristal.
—Alguien tiene que entrar.
Silencio.

Leo abrió los ojos.
—¿Entrar? ¿Ahí dentro?
Tiko proyectó una simulación.
El interior del cristal era un espacio energético, como un túnel de luz girando a gran velocidad.
—Riesgo extremadamente alto —anunció el robot.

El gigante rugió suavemente, como si entendiera el peligro.
Mila respiró hondo.
—Si alineamos la energía interna desde el núcleo, la grieta puede cerrarse sola.
Leo miró el cristal… luego miró a Mila.
—Yo entro.
—¡No! —dijo ella inmediatamente.
—Soy más ligero —respondió Leo—. Y siempre quise explorar algo increíble.

Tiko analizó rápidamente.
—Masa corporal compatible. Probabilidad de éxito: 41%.
—Eso no es muy alentador —murmuró Leo.
El gigante se inclinó ligeramente, como si quisiera impedirlo.
Leo se acercó a él.
—Confía en mí. No quiero hacerte daño.

El brillo en el pecho del gigante parpadeó más fuerte por un segundo.
Mila ajustó un pequeño dispositivo en el traje espacial de Leo.
—Esto te permitirá comunicarte con nosotros desde dentro… si la energía no interfiere.

Leo sonrió nervioso.
—Si no vuelvo…
—Vas a volver —lo interrumpió Mila con firmeza.
El suelo volvió a temblar con más violencia.
—Tiempo restante: seis minutos lunares.
Leo respiró profundo.
—Bueno… aquí vamos.

Se acercó al cristal. El aire vibraba a su alrededor.
Cuando tocó la superficie brillante, no sintió frío ni calor… sino una sensación eléctrica que recorrió todo su cuerpo.
Y entonces, fue absorbido por la luz.

Dentro del cristal, todo era movimiento.
Corrientes de energía giraban como ríos luminosos. Fragmentos flotaban en desorden, chocando entre sí.
—¡¿Leo?! —escuchó la voz de Mila en el comunicador, distorsionada.
—Estoy… estoy dentro.
Tiko proyectaba instrucciones desde afuera.
—Debes llegar al núcleo central. Es el punto donde convergen todas las líneas de energía.

Leo comenzó a avanzar, flotando entre corrientes brillantes.
Cada vez que tocaba un fragmento desalineado, una descarga lo sacudía.
—¡Eso duele! —exclamó.
—Ten cuidado —respondió Mila—. No luches contra la energía. Muévete con ella.
Leo respiró profundo y dejó que la corriente lo guiara.

Poco a poco entendió el patrón. La energía no estaba rota… estaba desordenada.
En el centro vio algo más oscuro: el núcleo.
Pero una grieta gigante lo atravesaba, dividiendo la luz en dos.

—Lo veo —dijo Leo.
Desde afuera, el gigante rugió con fuerza. Su pecho brillaba intermitente.
—Tiempo restante: tres minutos lunares.
—Leo, debes unir las corrientes del lado izquierdo con el derecho —dijo Mila rápidamente—. Si sincronizas el pulso, el núcleo se estabilizará.

Leo extendió las manos, la energía lo envolvió, sintió miedo pero también sintió algo más, una conexión, como si el cristal estuviera vivo.
—No quiero dañarte —susurró.
El núcleo respondió con un pulso suave.
Leo alineó las corrientes con cuidado, guiándolas hacia el centro.

Una chispa gigante explotó desde afuera, una onda de energía sacudió la cueva.
Mila cayó al suelo.
—¡Leo!
Dentro, la grieta comenzó a cerrarse lentamente.
—¡Lo estoy logrando! —gritó Leo.
Pero una última fractura se abrió con violencia.
—¡No!
La energía lo lanzó hacia atrás.
—Tiempo restante: treinta segundos lunares.

El gigante dio un rugido desesperado.
Leo miró la grieta final.
Sabía que no podía cerrarla solo con las manos. Entonces hizo algo diferente, apoyó la frente contra el núcleo.
—Comparte tu energía conmigo.
Por un instante, todo quedó en silencio.
Luego, una luz intensa envolvió a Leo y al cristal.

Desde afuera, Mila vio cómo la grieta se cerraba por completo.
El cristal brilló como un pequeño sol.
Y el pecho del gigante se iluminó con una fuerza nunca antes vista.

Una explosión de luz recorrió toda la Ciudad de la Luna. Las torres volvieron a encenderse.
Los caminos brillaron.
La energía regresó.
Dentro del cristal, Leo fue expulsado suavemente hacia afuera.
Cayó en brazos del gigante, que lo sostuvo con cuidado.

—¡Leo! —gritó Mila corriendo hacia él.
Leo abrió los ojos lentamente.
—Creo… que funcionó.
Tiko confirmó:
—Nivel de energía restaurado al 100%.
La cueva ya no temblaba.
El cristal flotaba intacto.
Y el gigante, ahora brillante y estable, miraba a los tres amigos con algo nuevo en sus ojos ardientes, gratitud.

Pero aún quedaba algo por descubrir.
¿Por qué el cristal se había fracturado en primer lugar?
Y… ¿quién lo había alterado?
Porque mientras la ciudad celebraba su regreso a la luz… una pequeña sombra observaba desde lo alto de una torre lejana.
Y no parecía feliz.