Capítulo 1

La Señal en el Cielo

Leo siempre había sentido que no pertenecía solo a la Tierra.
Mientras otros niños soñaban con videojuegos o bicicletas nuevas, él soñaba con constelaciones, galaxias lejanas y viajes imposibles. Tenía una libreta llena de dibujos de cohetes con alas enormes, ciudades flotando entre estrellas y criaturas espaciales con ojos brillantes.
Aquella noche, el cielo estaba especialmente claro. La Luna parecía más grande que de costumbre, tan brillante que iluminaba el techo de su habitación.
Leo apoyó la frente en la ventana.
—¿Qué escondes allá arriba? —susurró.
En ese mismo instante, su lámpara comenzó a parpadear.
—¿Mamá? —llamó.
Pero no era la electricidad.
Su reloj digital empezó a emitir un sonido suave: pi… pi… pi…
Leo lo levantó confundido.
En la pantalla apareció un símbolo desconocido: un círculo plateado con tres estrellas orbitando alrededor.

Luego apareció un mensaje:
“Exploradores necesarios. Nivel de valentía: alto. Destino: Ciudad de la Luna.”
Leo casi dejó caer el reloj.
—Esto… esto no puede ser real.
Antes de que pudiera reaccionar, su comunicador portátil vibró. Era Mila.
—¡Leo! ¿Te llegó el mensaje? —preguntó sin siquiera saludar.
—¡Sí! ¿Qué está pasando?
—No es un error —respondió ella, con esa voz que usaba cuando estaba emocionada—.

Es la señal que he estado esperando desde que detecté anomalías en la órbita lunar.
Leo parpadeó.

—¿Anoma… qué?
—Ven al garaje. Ahora.
Quince minutos después, Leo estaba frente a la casa de Mila. Desde afuera se veía completamente normal… excepto por la luz azul que escapaba por debajo de la puerta del garaje.
Cuando Mila abrió, el corazón de Leo dio un salto.

En el centro del garaje había un cohete.
No era enorme. Era compacto, elegante, plateado, con detalles en azul brillante. Tenía una cabina transparente y alas pequeñas a los lados.
—No puede ser —susurró Leo.
Mila cruzó los brazos orgullosa.
—Te presento el ML-1. Módulo Lunar versión 1.
En ese momento, algo rodó desde debajo del cohete y chocó suavemente contra el zapato de Leo.
—¡Identificación confirmada! Leo: soñador espacial crónico —dijo una voz robótica.
Leo sonrió.
—Tiko.

El pequeño robot levantó sus antenas, que parpadeaban como luces navideñas.
—He actualizado mis sistemas para viaje interplanetario. También traje galletas espaciales. Sabor desconocido.
—Eso no suena tranquilizador —dijo Leo.
Mila ya estaba revisando una tableta holográfica.

—La señal que recibimos no es humana. Proviene de la superficie lunar… específicamente de una zona que no aparece en los mapas oficiales.
Leo se acercó.
En la pantalla flotaba la imagen de la Luna. Pero en uno de los hemisferios brillaba un punto dorado que palpitaba lentamente.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—No lo sé. Pero si alguien pidió exploradores… debemos ir.

Leo sintió algo mezclado dentro del pecho: miedo… emoción… curiosidad.
—¿Y si es peligroso?
Tiko giró la cabeza.
—Probabilidad de peligro: 68%. Probabilidad de aventura extraordinaria: 100%.

Mila sonrió.
—¿Entonces?
Leo miró el cohete. Luego miró la Luna, visible desde la pequeña ventana del garaje.
—Entonces vamos.
Subieron al ML-1.

Pequeñas partículas brillantes flotaban como polvo de estrellas.
Frente a ellos se extendía la Ciudad de la Luna.
Edificios hechos de cristal luminoso se elevaban hacia el cielo oscuro. Cúpulas transparentes cubrían jardines con plantas plateadas. Pequeñas criaturas con trajes espaciales caminaban tranquilamente.
Una de ellas se acercó.

Tenía ojos grandes y un casco brillante.
—Bienvenidos, exploradores —dijo con voz suave.
Leo miró a Mila.
—Esto no es un sueño, ¿verdad?
—No —respondió ella, sonriendo—. Es mucho mejor.

Pero en ese mismo instante, una de las torres comenzó a parpadear, luego otra y otra. Las luces de la ciudad titilaron como si alguien estuviera apagando un interruptor gigante.

Un sonido profundo retumbó bajo el suelo.
—Advertencia —dijo Tiko—. Energía lunar descendiendo rápidamente.
Las pequeñas criaturas comenzaron a correr nerviosas.
—¿Qué está pasando? —preguntó Leo.
La criatura que los recibió habló con urgencia.

—El Cristal Central… su energía está desapareciendo.
De repente, una sombra enorme cruzó el horizonte.
Un movimiento gigante entre los cráteres lejanos.
Leo tragó saliva.

—Creo que nuestra aventura… acaba de empezar.
Y mientras la ciudad se sumía lentamente en la oscuridad, los tres amigos entendieron algo:
No habían venido solo a explorar.
Habían venido a salvar la Ciudad de la Luna.